
Berlín
VISITA NR.2
Amigas: Rosa y Stella
País: Alemania


Rosa y Stella en los parques de Berlin. (Plötzensee y Tempelhofer Feld)


En el verano de 2024 llegué a Berlín para visitar a mis amigas alemanas, Rosa y Stella. Las conocí en Córdoba en 2022, cuando vinieron a realizar parte de sus maestrías en la UNC (Universidad Nacional de Córdoba). Stella vivió conmigo durante su estadía; ella alquilaba la habitación que antes ocupaba mi hermana, quien justo se había ido a Europa para instalarse en Portugal sin fecha de regreso. A Rosa la ayudé a conseguir casa con unos amigos que alquilaban y tenían una habitación libre en ese momento.
Cuando ellas llegaron a mi ciudad, yo había bajado mucho de peso. Me habían dicho que tenía "estrés crónico" y que por eso mi cuerpo no paraba de quemar calorías; era mi mente la que las consumía en un torbellino de sobrepensar, mezclado con una crisis de identidad. En ese contexto, Rosa y Stella llegaron como un aire de frescura. Ellas estaban descubriendo mi ciudad, esa ciudad de la que yo venía intentando escapar desde hacía tiempo. Me convertí en su guía turística: les mostré los lugares que siempre me habían gustado de Córdoba. Juntas fuimos a bares, exposiciones de arte, mercados de pulgas, a hacer ejercicio en la plaza, a tomar mates al río. Cocinamos empanadas árabes vegetarianas (que no son árabes, pero que en Argentina llamamos árabes), bailamos tecno en un antro cordobés y nos escapamos a las sierras para conectar con la naturaleza, jugar juegos de mesa y sacar fotos.
Como buenas alemanas, también me inspiraron con su inevitable hábito de disciplina y esa calma que parecía provenir de estructuras internas tan sólidas como inconscientes. En ellas no cabía la desesperación; su rebeldía y disciplina dejaban espacio solo para una respuesta: actuar.


Stella y yo charlando en el río de Cuesta Blanca, Córdoba. *Fotos analógicas sacadas por Rosa.


*
Ese tiempo juntas me ayudó a reconectarme con mi ciudad, pero sobre todo con mi juventud. La ráfaga de frescura que trajeron con su llegada estaba acompañada de sueños, proyectos, convicciones y rebeldía. Como extranjeras en mi país, me recordaron lo que significa viajar: volver a mirar con curiosidad y asombro.
Con Rosa y Stella, parte de mi "nudo negro" comenzó a desenredarse. Sobrepensar ya no era una opción, solo quedaba el hacer. Viví con ellas como si fuera una extranjera más. Me convenía sentirme así, porque de alguna manera lo era: una extranjera en mi propio cuerpo, en mis pensamientos. Me desconocía y quería desconocer que mi ciudad ya me conocía.
Cumplir el papel de guía y extranjera anónima me despertó motivación para desamarrarme de a poco de mi nudo negro. Así, habiéndose convertido en más hilos sueltos que nudo, llegué a tejer una red de contención y acogida con mis nuevas amigas viajeras pero no pasajeras.






Rosa
Con Rosa también me quedé unos días compartiendo su departamento en la parte norte de Berlín. El departamento era grande y tenía varias habitaciones; uno de sus compañeros de piso no estaba, entonces pude ocupar su habitación esos días. Rosa justo estaba esperando ser admitida en un doctorado en Florencia, por lo que tenía bastante tiempo libre para hacer actividades juntas. Ella estudió Relaciones Internacionales, como yo, y cuando fue a Argentina como parte de su máster en Ciencias Políticas, además de su perfil intelectual, tiene una faceta artística muy importante: saca fotos espectaculares, le interesa mucho la literatura y el cine.
Recuerdo que en Córdoba me contó que había realizado un documental sobre la menstruación femenina durante un año sabático que se tomó entre sus estudios. Me hizo conocer varios lugares de Berlín (entre ellos, un minigolf con sus amigos), pero el que más me impresionó fue el parque que eligió para hacer las fotos. El "Plötzensee" es un parque con un lago grande donde hay áreas públicas en las que uno puede bañarse libremente y otras que son tipo paradores privados. Me llevé una sorpresa cuando llegamos y lo primero que vi fue gente desnuda tomando el sol. No tenía idea de que el parque era nudista, o mejor dicho, "naturista".
En la parte donde nos sentamos nosotras reinaba totalmente la paz; había un sol hermoso y un ambiente de calma total. Incluso había gente que recolectaba agua del lago para regar unas plantas que alguien había plantado. Para sacar las fotos, nos acercamos a la orilla del lago, donde había caminitos en una especie de bosque que rodeaba el agua. Me encantó que Rosa hubiera elegido ese lugar, porque su pañuelo era una derivación azul de mi pintura El origen de las cosas. En ese entorno ideal, la escena con mi amiga, el azul y el lago me llevaba a pensar en el agua como elemento vital primario para el desarrollo de la vida y las cosas como las conocemos, reflexión que encajaba en esa especie de jardín del Edén (o de las delicias) berlinés.
Stella
Cuando llegué a Berlín, primero estuve unos días en la casa de Stella. Ella fue como una hermana para mí en Argentina; conoció a mi familia y se entendía muy bien con mi mamá. Por eso, el pañuelo con el que hicimos las fotos era una pintura de ella y no mía, porque mi mamá quería que también tuviera un regalo suyo.
Compartíamos su habitación en un barrio del sur de Berlín. Sobre su cama tenía unos peluches de cuando era niña, y el que más me llamó la atención fue un osito de color beige articulado que antes había sido de su mamá durante su infancia. No tenía nombre, así que lo bautizamos "Barry". En su oreja tenía una etiqueta que decía: "Producto fabricado en Alemania Occidental". ¡Y claro! Cuando su mamá era pequeña, Alemania estaba dividida, y después de pasar unos diez días en Berlín, aprendí, de alguna manera, que lo sigue estando.
Geográficamente, el muro ya no está, pero me contaban los y las alemanas que aún quedan rastros que se conservan. La economía del Alemania oriental nunca pudo recuperarse totalmente en comparación con la del oeste. Estos rastros se traducen hoy en diferencias socioeconómicas y culturales entre ambas partes del país.
Enraizado al fuerte legado histórico de Berlín, el lugar que Stella eligió para hacer las fotos fue el antiguo aeropuerto de Berlín-Tempelhof, que hoy es el parque público más grande de la ciudad. Es un parque de lo más particular, no solo por la sensación de vastedad que da su llanura propia de una pista de aeropuerto, sino porque le han ido agregando espacios de uso compartido...como huertas comunitarias y juegos para niños. Incluso había un rebaño de ovejas que cortaban el pasto. También, más conectado con su pasado como pista, se podían ver deportistas extremos haciendo windskating y otros deportes con velas para propulsarse con el viento, cuyos nombres ni siquiera conozco. Lo que sí puedo decir es que ese baile de cosas-personas voladoras se veía como excéntricas libélulas danzantes desde la punta del parque, donde sacábamos las fotos.
No charlamos mucho con Stella sobre por qué eligió ese lugar y no otro, pero me animaría a decir que la razón es una mezcla entre la heterogeneidad particular de Tempelhof y su carga histórica. Ella vivía a solo unas cuadras del parque, lo que seguramente fue un factor determinante. Pero también supongo que, al ser antropóloga, un lugar así despertaba en ella un interés especial, convirtiendo cada paseo en una excursión contemplativa sobre el devenir material y la evolución simbólica de los espacios.
El fuerte viento en el ex-aeropuerto hacía que el pañuelo volara con fuerza hacia el cielo.